Ya no me da pena, señorita
Hacerse la víctima es sencillo, sobre todo si creces en una sociedad en la que la mujer es ese pobre ser maltratado, frágil, que necesita de un hombre para validarse y ser respetada. O en un entorno en el que la mujer tiene como meta máxima en la vida casarse y procrearse. Hacerse la víctima es más sencillo que aceptar que en realidad nosotras nos ponemos cabe y nos convertimos en la villana del cuento. Ya no me da pena señorita, porque usted soportó golpes, insultos, violaciones y demás maltratos físicos, psicológicos, emocionales y demás tipos conocidos y por conocer y no dijo nada. Es más, aceptó las flores, regalitos y palabreo barato y conciliador, porque un exabrupto, un momento de cólera, un arrebato, lo tiene cualquiera. Y entre curarte golpes y celebrar las reconciliaciones, caíste en un círculo vicioso que se cierra con la muerte. Pudiste denunciarlo pero te dio pena, pensaste en el bienestar de tus hijos, aunque no les haces ningún bien siendo maltratada delante...